🗺️ Las ciudades menos conocidas de Uzbekistán que merece la pena visitar
Namangán, Qarshi, Navoi, Termez y Gulistán: cinco destinos que pocos turistas llegan a descubrir
Samarcanda, Bujará, Jiva y Tashkent concentran casi todo el turismo de Uzbekistán, y con razón. Pero el país tiene otras cinco ciudades que apenas aparecen en los itinerarios clásicos, pese a tener puentes del siglo XVI, antiguos monasterios budistas o festivales que llevan celebrándose más de 60 años.
Si ya conoces el circuito principal, o simplemente buscas algo distinto, estas son las cinco ciudades uzbekas que merece la pena añadir al mapa.
1) Namangán: la ciudad de las flores en el Valle de Fergana
Namangán es, con más de 713.000 habitantes, la tercera ciudad más grande de Uzbekistán, solo por detrás de Tashkent y Samarcanda. Y sin embargo, apenas aparece en los itinerarios turísticos clásicos, pese a estar situada en pleno corazón del Valle de Fergana, una de las regiones más fértiles y menos visitadas del país.
Se la conoce popularmente como "la ciudad de las flores", un apodo que no es casualidad: desde 1961, cada mes de agosto se celebra en el parque Babur el Festival Internacional de las Flores, un evento que atrae visitantes no solo de toda la región sino también de países vecinos, y que convierte la ciudad en un estallido de color una vez al año.
Entre sus principales atractivos destacan la madrasa Mulla-Kirguís, uno de los edificios religiosos más representativos de la ciudad, el mausoleo de Hoja Amin, y el complejo Mawlon-Buwa, además de varias mezquitas históricas repartidas por el casco antiguo. A pocos kilómetros se encuentra Chust, una pequeña ciudad famosa en toda Asia Central por sus cuchillos artesanales, forjados a mano siguiendo técnicas que se transmiten de generación en generación desde hace siglos.
La región de Namangán es también uno de los grandes centros textiles del país, conocida por la producción de telas Beqasam y atlas de seda, tejidos tradicionales que siguen elaborándose de forma artesanal y que forman parte de la identidad cultural del Valle de Fergana.
2) Qarshi: el puente que cruzaron las caravanas de la Ruta de la Seda
Al sur de Samarcanda y Bujará, en una zona del país que muy pocos viajeros llegan a explorar, se encuentra Qarshi (también escrita Karshi), capital de la región de Qashqadaryo y una de las ciudades con más historia de todo Uzbekistán: más de 2.700 años, bajo el nombre original de Nasaf, convertida más tarde en una parada estratégica de la Ruta de la Seda entre Bujará y las rutas hacia Afganistán e India.
Su gran símbolo es el Puente de Qarshi, también conocido como Puente de Amir Temur, construido en 1583 durante el reinado de los shaybánidas específicamente para facilitar el paso de las caravanas comerciales que cruzaban la ciudad. Es uno de los puentes históricos más grandes conservados en toda Asia Central, y sigue siendo el punto de referencia visual de Qarshi.
La ciudad conserva además la madrasa Odina, que fue en el siglo XVI la única institución religiosa dedicada exclusivamente a la educación de mujeres en toda la región, hoy reconvertida en el Museo Regional de Qarshi. A ello se suman la mezquita Kok-Gumbaz, y una sardoba: una cisterna subterránea de ingeniería medieval diseñada para conservar agua fresca en pleno clima desértico, todo un alarde técnico para la época. A las afueras de la ciudad, los restos de la fortaleza de Erkurgan, con casi 3.000 años de antigüedad, completan un recorrido histórico que sorprende por su escala pese a lo poco conocido que resulta este destino.
4) Termez: la frontera budista de Uzbekistán
En el extremo sur del país, a orillas del río Amu Daria y a escasos kilómetros de la frontera con Afganistán, se encuentra Termez, una de las ciudades más antiguas de todo Uzbekistán y, durante siglos, uno de los grandes centros del budismo en Asia Central, antes de la llegada del islam a la región.
El principal atractivo de Termez son sus yacimientos arqueológicos. El monasterio budista de Fayaz-Tepe, del siglo I d.C., es uno de los complejos budistas mejor conservados de toda la región, junto al yacimiento de Kara-Tepa y la fortaleza de Kirk-Kyz. Muy cerca se encuentran también los restos de Kampyr-Tepe, un antiguo asentamiento fortificado de origen greco-bactriano vinculado a la expansión de Alejandro Magno por Asia Central, una capa histórica que pocos destinos del país pueden ofrecer con tanta claridad.
Fuera del circuito habitual, a unos 40 kilómetros de la ciudad, se alza el minarete de Jarkurgán, del siglo XII, una torre de ladrillo con un característico patrón en espiga que se mantiene en pie pese a que el complejo religioso al que pertenecía ha desaparecido casi por completo. Dentro de la ciudad, el complejo memorial Al-Hakim at-Termizi sigue siendo hoy el principal referente religioso y de peregrinación de Termez.
5) Gulistán: la pequeña capital floreciente
Gulistán, capital de la región de Sirdaryo, es probablemente la más desconocida de las cinco ciudades de esta lista, y también la más pequeña y moderna. Conocida anteriormente como Mirzachul, no se convirtió oficialmente en ciudad hasta 1961, cuando el desarrollo del algodón en la región impulsó su crecimiento urbano.
A diferencia de Namangán, Qarshi o Termez, Gulistán no conserva grandes monumentos históricos antiguos, pero compensa esa ausencia con un ambiente tranquilo y luminoso que justifica su nombre, que significa literalmente "ciudad de las flores" en persa. Entre sus puntos de interés destacan la plaza principal, el parque de la ciudad, y el museo de historia local, que recoge la evolución de la región desde tiempos del Imperio aqueménida hasta la actualidad.
Uno de los rincones más singulares de Gulistán es el Jardín de la Amistad Uzbeko-China, un parque de estilo chino perfecto para un paseo al atardecer. La región es también un destino de agroturismo poco explotado: viñedos, huertos frutales y melonares donde el visitante puede, literalmente, recolectar su propia fruta, una experiencia muy alejada del turismo monumental del resto del país.
6) Conclusión
Estas cinco ciudades no sustituyen al circuito clásico de Samarcanda, Bujará, Jiva y Tashkent, pero lo completan con capas de Uzbekistán que muy pocos viajeros llegan a ver: la industria moderna y el turismo familiar de Navoi, el legado budista y greco-bactriano de Termez, el ajetreo de caravanas congelado en el puente medieval de Qarshi, el estallido floral de Namangán cada agosto, o la sencillez agrícola y acogedora de Gulistán.
Para quien ya conoce lo esencial del país, o busca desde el principio una ruta distinta a la habitual, aquí hay cinco razones más para seguir explorando Uzbekistán más allá de sus iconos más fotografiados.
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